Tiempo de balance

De vuelta en Bruselas, he dedicado el día de hoy a leer el Acuerdo de Copenhague y muchos de los comentarios aparecidos en la prensa. El resultado no puedo decir que era el esperado, sinceramente no era esto lo que se esperaba, pero no es tan extraño. Si han seguido este blog, y otras muchas informaciones, por supuesto, habrán visto que las negociaciones nunca consiguieron tener una dirección clara. Nunca tuvimos una percepción clara de adónde se estaba caminando, así lo intentamos transmitir, aunque creo que todos manteníamos la esperanza de que se avanzaría en la línea de Kioto y la hoja de ruta establecida en Bali. El tiempo permitirá hacer análisis más detallados; propongo algunas reflexiones, sueltas, creo que es lo que podemos ofrecer ahora. Primero los grupos de reacciones:

No quieren hacer nada. Esta ha sido la gran acusación de algunos países, y de muchos comentaristas. Los países desarrollados, en el fondo, niegan validez a los datos científicos. Aunque no lo hagan formalmente al no comprometerse, al no actuar de una manera decidida, de hecho están legitimando a los escépticos. Los países desarrollados, en el fondo no quieren actuar porque ven amenazadas sus economías y sus posiciones de dominio.

Una oportunidad perdida. Después de años de esfuerzo, de negociaciones, de hojas de ruta… al final para nada. No se ha avanzado en nada. El acuerdo no es legalmente vinculante. Recoge el objetivo de limitar el calentamiento planetario por debajo de 2º pero no propone para cuándo, ni con base en qué momento. Tampoco indica cuándo las emisiones deberían tocar techo, “lo antes posible” dice, lo que no es muy preciso. Los países desarrollados comunicarán sus objetivos de reducción de emisiones para 2020 a la Secretaría de la Convención antes del 31 de enero. De hecho el documento tiene las tres últimas en blanco con unas tablas preparadas “para ser rellenadas”. Los países en vías de desarrollo comunicarán cada dos años sus objetivos, de una manera voluntaria. Habrá una evaluación internacional tanto de los objetivos como de las emisiones, pero no será un proceso de “verificación” real. La soberanía de los países queda por encima de estos compromisos.

Un paso hacia adelante. Dadas las dificultades de conseguir un acuerdo ambicioso y legalmente vinculante, para este grupo, sí se habría avanzado un poco. Hay un compromiso financiero para los años 2010 a 2012 de 10.000 millones de dólares para mitigación y adaptación a los efectos del cambio climático en los países menos desarrollados. Y un objetivo ambicioso para 2020 de lograr movilizar 100.000 millones de dólares anuales. Una cifra importante de dinero. Aunque quedan muchas dudas: cómo se constituirá ese fondo, quién lo gestionará, con qué criterios, serán dinero nuevo o un “reciclado” de la ayuda que se concede actualmente.

Se está avanzando en la buena dirección. Para los que defienden esta posición, especialmente los líderes de Estados Unidos y algunos países desarrollados, el Acuerdo pone en evidencia que hay voluntad política por afrontar este reto y que ahora falta ir avanzando en las concreciones. La presencia de tantos jefes de estado pone de manifiesto que hay una voluntad clara de seguir avanzando en esta dirección. Y teniendo esa voluntad clara el resto de los objetivos se irán alcanzando.

Y en segundo lugar algunas reflexiones breves:

Las expectativas eran muy altas. Creo que es evidente visto el resultado, en el marco de la Convención se había avanzado mucho en las negociaciones, clarificando posiciones, objetivos y posible financiamiento. Pero era un plan muy ambicioso, en el fondo por la vía de reducir las emisiones de gases se estaba planteando una intervención fuerte en el tejido industrial y en la actividad económica. No es que se cierren chimeneas o que se ponga un impuesto especial, es que detrás de éstas hay miles de puestos de trabajo en cuestión: o por reducción de capacidad productiva o por limitación de la competitividad. En teoría esto estaba hablado, pero en realidad no. Las negociaciones en el marco de la convención no habían llegado a los órganos de decisión de los países, o si lo habían hecho no de una manera convincente.

El papel de la ciencia. En su conjunto creo que sale reforzado. El escepticismo científico sigue ahí pero el Panel de científicos ha superado notablemente la prueba. Han sabido responder, con prudencia a lo que les parece cierto, muy probable o probable. El desafío medioambiental está ahí, y probablemente más grave según van mejorando las predicciones. La adaptación a condiciones climatológicas muy diferentes va a imprescindible, la mitigación de sus efectos no va a ser diferente. El papel de los científicos seguirá siendo muy importante.

Las Naciones Unidas han mostrado su enorme debilidad. A medida que los debates avanzaron la imagen, y la personalidad de Naciones Unidas se fue diluyendo. Las Naciones Unidas se basan en el principio de igualdad en la representación (excepto en el Consejo de Seguridad, donde cinco naciones tienen derecho de veto), por eso esas sesiones interminables en las que intervienen representantes de todos los países. Por eso intenta alcanzar sus acuerdos por consenso. En Copenhague las Naciones Unidas intentaron mantener su identidad hasta que Estados Unidos y China rompieron el equilibrio, con la ayuda de otros países, y desestabilizaron todo el procedimiento. El documento fue aprobado por todos, excepto por cinco países, y esto reequilibró un poco la situación. Pero Copenhague ha mostrado la enorme fragilidad de Naciones Unidas. Cualquier proyecto de gobierno mundial tendría que pasar por reforzar esta institución.

Convicciones profundas para cambios profundos. Somos víctimas de nuestro tiempo, y nuestro tiempo está condicionado por los medios de comunicación. Las cosas tienen que suceder ya, inmediatamente, para que se puedan transmitir y podamos pasar a la siguiente noticia. Pero la vida social no tiene esa velocidad, tampoco la política, y tampoco la económica. Lo que se ha planteado en Copenhague es un cambio profundo de amplitud mundial. No es sólo hacer unas adaptaciones técnicas, lo que se está proponiendo es que la humanidad acepte someterse a unas reglas de juego que entrañarán limitaciones para algunos y esfuerzos para muchos; y además cuyos efectos, la mayoría, serán futuros. Es un gran reto. Y eso exige mucha voluntad, de muchas personas. En este sentido, los creyentes tendríamos que ayudar mucho. Al reconocer este mundo sostenido por Dios, nuestra mirada busca la reconciliación de todo lo creado, de todos los seres, con su Creador. Y sabemos que esta reconciliación no será plena hasta que todo encuentre su horizonte en aquél que lo llamó a ser. Creo que esta la gran misión a la que estamos llamados los cristianos, no a decir lo que hay que hacer –por supuesto tenemos que participar mejor en ello- pero sobre todo a sostener la esperanza. Junto a todos aquellos que la hacen posible cada día.

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